Es como si otros igual de confundidos por existir que tú espantasen sus ideas de la cabeza y te empujasen a hacer cosas que en realidad no necesitas hacer, enrolarte en la existencia vana, rellenar tu tiempo, ocupar vacantes, entretenerte, consumir, todas esas cosas.
No digo que no sea necesario. Por supuesto que lo es. Eso también es parte de la vida, pero no toda. Mi manera personal de ver la ansiedad es la siguiente. Nada encajará por sí solo, no si no ponemos de nuestra parte. Todos decidimos ceder. Probablemente todos seamos culpables de lo mismo aunque no pueda ser demostrado en el presente. A ninguno nos gusta que nos digan lo que hacemos mal, lo que necesitamos hacer mejor, por nuestro propio bien, y el que diga que no es un mentiroso.
Nadie es autosuficiente y nadie tiene las reglas perfectas, ni el juicio perfecto ni la personalidad perfecta. Nada de eso existe. Todos somos falibles, débiles. Necesitamos el apoyo de los demás. Es cuestión de asociación.
Necesitamos sentirnos ordenados, recibir órdenes, además de hacer también lo que nos plazca. Es parte del equilibrio. Sin orden, nada existiría. Todo sería caos rotundo, más allá de la apariencia de la masa, del nihilismo, de la desigualdad…
Ser hombre es estar solo. Encajarlo y aceptarlo. La incomunicación es un hecho, pero que reposa sobre la existencia de la comunicación. De esa bella y remota posibilidad, al mismo tiempo enriquecedora, diversa. Casi infinita.
Voy a discernir claramente entre lo que creo y lo que quiero creer.
Creo que en realidad nada es definitivo. Ni nuestras acciones ni lo que no lo son. Que nada está exento de importancia pero que nada la tiene tampoco en demasía. Soy optimista ante los cambios; también ante lo que no cambia. Es muy fuerte el deseo de una influencia infinita. Y así sucede, solo que no siempre como nosotros queremos o como nosotros esperamos. Es necesario rectificar, además de inevitable.
Quiero creer que todo lo que hagamos nos será perdonado por nosotros mismos. Que la paz que reina en nuestra vida interior es el único camino, la única realidad verdadera. La que trasciende a la vida, a la existencia material. Evidentemente, no soy nadie con reputación para demostrar esa afirmación.
Es simplemente una idea, una suposición. Una conjetura si se prefiere. No tengo miedo a la muerte, pero sé que existe, que es el fin. No he sido capaz de mantener una visión fija de lo que supone este fenómeno. No es el fin de la existencia, sino de un individuo concreto, con sus atributos, como unidad viviente. Eso es lo que creo. La existencia no desaparece. No la de lo demás y todo es una unidad, una rueda de cambio, una expansión. La verdad sigue existiendo. Precede y sucede a los individuos mortales.
No es ninguna divagación. Existe la razón. La evidencia, la prueba de que existimos y es real. Por tanto, eso me anima a pensar que existir es un hecho con algún sentido, si bien vivir me resulta sencillamente una forma maravillosa de existir, de admirar la belleza, de cambiar y superarse, de conocerse y experimentarse. No puedo expresarlo con claridad. Me parece sencillamente un milagro remoto. Creo en el amor. No conozco el odio profundo. No tengo interés en hacerlo aunque alguna gente piense sensatamente que exista. No creo que vengamos de eso. Tan lógico me resulta su absurdo que no dudo en que se disipe. Por supuesto, respeto a los que lo defiendan hasta que se cansen.
No creo que sea una parte vital de la verdad. No creo que el odio pueda cambiar eso. Aspiro a sentir compasión por todos los seres vivientes, por mi mismo. A no desear todo lo que se me ha enseñado a desear. A olvidar que todo es terriblemente cierto y fallido. A amar, sin esperar nada a cambio, sin que sea un bien recíproco, ni una propiedad. Nada de eso. A sentir la paz. No quiero nada más.
Es más, no quiero seguir redundando en esa mellada idea de la elegancia moral. Me asquea ya sentir lo que no soy. Un ente imperfecto y locuaz, un aprovechado, un perezoso moralista y oportunista. No soy mejor que nadie. Es la pura verdad. Disfruto viviendo. Me alegro de haber existido. No guardo rencor a nadie. Sigo aquí. Eso es todo. No quiero conmover si no me lo merezco. No quiero colmarme de honores. No quiero engañar ni ofender a nadie. Quiero encontrar algo de pureza antes de morir, descubrir la verdad pacíficamente. No luchar jamás, no por lo que no creo. Eso, para mí, es todo.
No digo que no sea necesario. Por supuesto que lo es. Eso también es parte de la vida, pero no toda. Mi manera personal de ver la ansiedad es la siguiente. Nada encajará por sí solo, no si no ponemos de nuestra parte. Todos decidimos ceder. Probablemente todos seamos culpables de lo mismo aunque no pueda ser demostrado en el presente. A ninguno nos gusta que nos digan lo que hacemos mal, lo que necesitamos hacer mejor, por nuestro propio bien, y el que diga que no es un mentiroso.
Nadie es autosuficiente y nadie tiene las reglas perfectas, ni el juicio perfecto ni la personalidad perfecta. Nada de eso existe. Todos somos falibles, débiles. Necesitamos el apoyo de los demás. Es cuestión de asociación.
Necesitamos sentirnos ordenados, recibir órdenes, además de hacer también lo que nos plazca. Es parte del equilibrio. Sin orden, nada existiría. Todo sería caos rotundo, más allá de la apariencia de la masa, del nihilismo, de la desigualdad…
Ser hombre es estar solo. Encajarlo y aceptarlo. La incomunicación es un hecho, pero que reposa sobre la existencia de la comunicación. De esa bella y remota posibilidad, al mismo tiempo enriquecedora, diversa. Casi infinita.
Voy a discernir claramente entre lo que creo y lo que quiero creer.
Creo que en realidad nada es definitivo. Ni nuestras acciones ni lo que no lo son. Que nada está exento de importancia pero que nada la tiene tampoco en demasía. Soy optimista ante los cambios; también ante lo que no cambia. Es muy fuerte el deseo de una influencia infinita. Y así sucede, solo que no siempre como nosotros queremos o como nosotros esperamos. Es necesario rectificar, además de inevitable.
Quiero creer que todo lo que hagamos nos será perdonado por nosotros mismos. Que la paz que reina en nuestra vida interior es el único camino, la única realidad verdadera. La que trasciende a la vida, a la existencia material. Evidentemente, no soy nadie con reputación para demostrar esa afirmación.
Es simplemente una idea, una suposición. Una conjetura si se prefiere. No tengo miedo a la muerte, pero sé que existe, que es el fin. No he sido capaz de mantener una visión fija de lo que supone este fenómeno. No es el fin de la existencia, sino de un individuo concreto, con sus atributos, como unidad viviente. Eso es lo que creo. La existencia no desaparece. No la de lo demás y todo es una unidad, una rueda de cambio, una expansión. La verdad sigue existiendo. Precede y sucede a los individuos mortales.
No es ninguna divagación. Existe la razón. La evidencia, la prueba de que existimos y es real. Por tanto, eso me anima a pensar que existir es un hecho con algún sentido, si bien vivir me resulta sencillamente una forma maravillosa de existir, de admirar la belleza, de cambiar y superarse, de conocerse y experimentarse. No puedo expresarlo con claridad. Me parece sencillamente un milagro remoto. Creo en el amor. No conozco el odio profundo. No tengo interés en hacerlo aunque alguna gente piense sensatamente que exista. No creo que vengamos de eso. Tan lógico me resulta su absurdo que no dudo en que se disipe. Por supuesto, respeto a los que lo defiendan hasta que se cansen.
No creo que sea una parte vital de la verdad. No creo que el odio pueda cambiar eso. Aspiro a sentir compasión por todos los seres vivientes, por mi mismo. A no desear todo lo que se me ha enseñado a desear. A olvidar que todo es terriblemente cierto y fallido. A amar, sin esperar nada a cambio, sin que sea un bien recíproco, ni una propiedad. Nada de eso. A sentir la paz. No quiero nada más.
Es más, no quiero seguir redundando en esa mellada idea de la elegancia moral. Me asquea ya sentir lo que no soy. Un ente imperfecto y locuaz, un aprovechado, un perezoso moralista y oportunista. No soy mejor que nadie. Es la pura verdad. Disfruto viviendo. Me alegro de haber existido. No guardo rencor a nadie. Sigo aquí. Eso es todo. No quiero conmover si no me lo merezco. No quiero colmarme de honores. No quiero engañar ni ofender a nadie. Quiero encontrar algo de pureza antes de morir, descubrir la verdad pacíficamente. No luchar jamás, no por lo que no creo. Eso, para mí, es todo.